Viaje de placer
Corre el medio día del sábado; después de casi dos horas en el mercado comprando vainas para llevar, (después de todo da pena, presentarse en la casa de fulana a quedarse el fin de semana y no llevarle algo), te preparas para iniciar el viaje, bajo un sol canicular. Antes, ya habías madrugado preparando maletas, sin saber qué llevar y ni siquiera si vas a usarlo todo, o casi todo. Casi seguro que algo que se te queda, pero confias en que vas completo.
Bueno, mejor buscamos el bus de Arenal. Enseguida, como si los hubieran llamado, una avalancha de vendedores te caen encima: ¡agua, agua!... ¡bocadillo, bocadillo!, ¡a mil, las galletas a mil!..., ¡compa, los chitos!,... !grrrr! Que exasperante, estás que te arrepientes de viajar, pero no, prefieres resignarte y buscar un puesto, soportando la incomodidad de los vendedores, o mejor, incomodarte para que los vendedores vendan más cómodos.
Ahora, a esperar que el chofer le dé la gana de arrancar. Después de un rato, que parece una eternidad y con el sobaco del vendedore de Pony casi en la cara, sientes alivio cuando el chofer prende el motor del bu. Oiga chofe: ya son las doce y media, dices casi sin hablar, solo para recibir como respuesta una mirada indiferente del conductor. El ayudante, pa' completar: compa, córrase que ese puejto está vacío. Ni modo, tendrás que viajar con otros dos más en una dura silla para dos personas y una nalga.
Y sale el bu, más rápido caminaba el Niño Juaco, por la mala costumbre de completar el cupo en el camino, casi media hora hasta El Pozón, y tú con ganas de bajarte, pero a estas alturas no sabes si valdrá la pena. Hasta el retén todo bien. Luego de un camino sofocante, y con las nalgas dormidas llegas a Santa Rosa, y otra avalancha de vendedores: de panderos, aguapanela, limonada, galletas de limón, jugo de naranja. Toca resignarse, y por qué no comprarse una limonada para calmar el sol y suavizar la gargante después de un buen boca'o de polvo.
Después de mil huecos, decides parate a estirar las piernas, cuando llegas a Villanueva. Bollo de mazorca, pandero, almojábana. Qué mala costumbre. El bus puede ir a reventar pero los vendedores van pa' lante.
Al fin divisas el puerto de Arenal, te cae encima un hombre flaco, curtido por el sol, casi arrancándote los motetes de las manos, para llevarlas al bongo. Pero tú le dices que no, que tú mismo los llevas. Como puedes subes al bote, y destrás de ti veinte más, lo que hace que el tope del bongo llegue casi al nivel del agua. ¡Histooo, no le metas maj, agallúo!,¿qué crees que llevaj?... No hablej mucho, -te dice una señora gorda con media docena de gallinas amarradas- Ese sancocho 'onde "Arroj pa'l Loro", va a esta' 'ueno.
Toca esperar del lado de Soplaviento dos horas más, hasta que los dueños de carro se antojen de llegar o de salir; porque no pueden si no tienen el cupo completo. Qué desespero y tú sonriendo y no precisamente por la risa, sino por el sol. A las miles quinientas, al fin salimos a los higüitos, tú y treinta más en el mismo carro. Así es que les gusta a ellos, dice Petrona, pa' y que se le espiche una llanta. Agarrándote donde puedes tienes que soportar el empuje de la barriga de un potrerano con una pea vivita de las parranda de ayer, que digo de esta mañana, porque no ha acabado pa' él.
Al fin la ciénaga, es la señal que estás a las puertas del pueblo. Escuchas la voz de Pigindo que te saluda desde su burro, cerrero, bueno. Y al fin llegas a tu destino sofocado casi tirando la toalla. ¿Ve y tu pa'e?, te preguntan. Bueno... está bien, en la casa, con ganas de venir... pero ajá, está ocupado, será otro día.
Te reposas un rato, ven a come', mijo, eso sí, después de este día lo que povoca es comer, un buen plato de sopa de costilla, bueno ya no es tan abundante como antes. Cuando decides salir a caminar un rato, después que refresca el sol, te vienen a buscar, casi no sales. Cuando te estas limpiando los dientes te acuerdas que precisamente no metiste la toalla. ¡uuuggg...!
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